Pesadilla 001

Una niña pequeña caminaba absorta en sus pensamientos, mientras un vacío magnánimo y un silencio sepulcral la acompañaban. Empezó a escuchar algo que la sacó de su mente. Sus pasos. Examinó sus zapatitos blancos. El broche de pega de su zapato izquierdo no le sujetaba bien el pie, y se agachó para acomodárselo mejor. Tocó sus calcetines blancos de algodón hechos por su abuela. Sonrió. A pesar de estar rodeada de un vacío inmenso y no ver nada, el roce con sus calcetines y el tacto de sus zapatitos de charol hicieron que sintiera la calidez propia de su abuela. Sentía el calor de su casa.

Un goteo constante y lento de un grifo comenzó a sonar en el fondo, más cercano de lo que parecía. La niña alzó la cabeza y vio una luz blanca. La curiosidad pudo con ella y fue hacia la luz hipnotizada, como si así fuera a toparse con la totalidad de su luz interior. Vio una sala, casi cuadrada, de dos metros de altura. De esta emanaba una luz trasera que provocaba un siniestro contraste formando las tonalidades que ofrece una escala de grises.

Antes de ir a la parte de atrás buscando la entrada, examinó la pared, rugosa. Era gotelé organizado en un blanco sucio. Tétrico. “Asco” – pensó la niña. Sus piernas iban solas rodeando la sala; buscando una puerta. La luz la provocaba un fluorescente que iluminaba tímidamente una puerta completamente blanca y lisa, aunque antigua y con marcas similares a las que podía haber hecho un gato callejero enfurecido. No había cerraduras, ni picaporte. Estaba entreabierta. La niña, resuelta, la abrió por completo, escuchando como las bisagras sin engrasar chirriaban estridentemente.

 Miró al suelo, formado por baldosas de cuarzo. La mayoría de ellas estaban rotas, y los trozos que faltaban se encontraban organizados en montones en las esquinas de la sala. El suelo era asqueroso. Huellas de pisadas hechas por zapatos enormes manchados con barro mojado dejaron un olor angustioso en la fría escena. El suelo terminaba en su composición con manchas secas de sangre. La niña se estremeció. “Asco” – pensó la niña.

El fluorescente del techo alumbraba vagamente las telarañas mezcladas con socavones de humedad. El blanco se entrelazaba con el amarillo, y las finas paredes con el congelado suelo. Era un baño de dos metros de alto, y tres metros en proporción largo-ancho. Una caja en forma de sala que resaltaba más por el aire de putrefacción nefasto que por el color de su espacio. Aire asfixiante, extraño e incómodo.

Justo enfrente de la puerta el grifo de un lavabo goteaba constante y lento. El lavabo se llenaba poco a poco. Iba por la mitad. Una mata de pelo gris teñidos de sangre lo atascaba desde hace varios días. En el borde del lavabo la superficie de una mano huesuda había marcado un contorno ensangrentado. Sangre y más sangre. La niña volvió a estremecerse.

Se puso de puntillas para observar su silueta en el espejo roto situado encima del lavabo. Las grietas deformaban su figura. Su cara se partía en dos; por un lado, su ojo izquierdo, y por otro el derecho. Su boca sonrió, pero en el espejo solo se veía una mueca de tristeza. La niña del espejo no era ella. La nueva niña la saludó sin expresar ningún atisbo de alegría o afecto. Indiferente. Perdida. Entonces, señaló a su derecha. Nuestra niña giró su cabeza hacia donde apuntaba la nueva niña.

Solo le quedaba la parte derecha por explorar. Un recorrido de los mismos pelos que atascaban el lavabo llegaba desde la puerta hasta el váter empotrada contra la pared en la parte derecha de la sala. El váter tenía la tapa bajada, pero escondía el mayor secreto que allí se escondía. De dentro venía el olor a putrefacción.

La niña caminó muy despacio hasta ponerse justo enfrente del váter. Levantó la tapa y un río de lágrimas furtivas comenzó a desbordarse por las cuencas de sus azules ojos. La cabeza degollada de su abuela, con la boca semiabierta y los ojos como platos, yacía inerte incrustada en el fondo del váter. No tenía apenas pelo, pero si sangre. Sangre y más sangre. Su cara magullada pasaba inadvertida en contraposición con sus ojos. Tenía una mirada vacía, imperturbable, y la boca vacía y entreabierta formaban el acto primero de una tragedia artificiosa. Demoledor. Angustioso.

La niña ya no pensaba en el asco. Solo veía los ojos de su abuela abiertos, pero ya no pensaba. Solo lloraba. Cada vez que recordaba la mirada de su abuela el llanto ahogaba más su cuerpo, y la ansiedad le robaba su niñez. Ya no sentía el calor de casa, pero empezó a entender porque la curiosidad mataba al gato. La curiosidad era la vida siendo ahogada por la muerte; el gato era el conjunto de víctimas que miraban ajenas hasta que participaban en la lucha. La niña no sentía curiosidad ni pensaba en nada, porque su abuela fue, y la niña ya no era.



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